Larga vida al café

Es difícil saber qué fue primero, la enfermedad o la cura.

Partes enteras de mi vida han sido anestesiadas por el café y más o menos al mismo tiempo perdía trozos enteros de mi vida. La paciencia, el apetito, el ingenio – cualquier cosa que requiera reservas de energía para ser desarrollada o denegada – estaban deshabilitadas y nunca me había dado cuenta, hasta ahora.

Culpé a la clandestinidad de esta metamorfosis en el café, que había comenzado para llenar todos mis vacíos neurológicos provocados por un mostrador lleno de máquinas de Espresso. Aquí estaba mi irreverente personalidad, la cual me impedía ver qué era lo que estaba pasando por alto. Aquí, también, estaba un espacio – o un vacío – de vida causado por mi enfermedad en el que los hábitos más profundos y cuestionables se estaban formando. Mi vigor algunas veces subía o bajaba y como en un guión teatral, eventualmente mi cambio haría referencia al pensamiento: “Me gustaría una taza de …”

Y así, seguía la marea de cafeína oscurecido la erosión subyacente de TSH, T3 y el cortisol. Los bancos de la vida, mi sistema suprarrenal y la infraestructura hormonal, fueron decayendo. Cuatro años en los límites de la automedicación provocaron que el debilitamiento fuera intenso e incluso que el sueño de una noche de repente comenzara a requerir sólo de 3 horas. El despertar no era muy diferente a un encuentro liliputiense en el que uno se pregunta cómo Gulliver – de la obra de Jonathan Swift – llegó a naufragar. Trabajar era existir a duras penas. Era como cargar sacos de arena en un día más rápido que un sorbo de vino.

Al igual que con todos los problemas de salud que regían mi vida, el remedio médico se reducía a una rutina correctiva. Un ciclo de rehabilitación. Sólo el café, la gran taza de café que se definía como el origen del problema se convirtió en una parte de la rehabilitación, por lo que también perdió su mística. Era hora de fertilizar mis ideas, dando paso a inferir que todo era una delgada capa superior del suelo necesaria para la vida básica. Lamentablemente, el exquisito origen de un sin fin de variantes del café se reducen a su función mecánica: conectar las neuronas. Lamentable porque el deleite se desvaneció.

Mi agotamiento físico quizás pudo ser la razón del por qué este espacio – este vacío – ha sido tan silencioso. En un mundo donde el consumo juega un papel muy individualista, resulta que no hay alimentos volátiles en donde sea posible que las expectativas propias se coloquen sobre la identidad derivada de ellas. Despojado de su esencia, el café se convierte en un refuerzo que las neuronas requieren para establecer las más diminutas transiciones de la vida. Para mi esto es desilusionante pero sólo de forma constructiva.

Como parte de mi última resolución personal, me quise dar la libertad de disfrutar de las cosas más “simples” que uno puede tener de forma terrenal. Ignorando la vorágine colectiva, sólo una humeante taza de café negro con, tal vez, un toque de moscatel. A raíz de esto, no he podido dejar de pensar que la taza de café con moscatel, sin una apropiada cantidad de esfuerzo, es sólo mi último intento de plasmar los algoritmos del café en mi cabeza o bien, es otra manera muy distinta de “meter el cerebro en un poco de café”. Quizás, sólo quizás, necesito métodos más sofisticados para controlar la agitación (o impulso) y por supuesto, con un acompañamiento visual muy opulento y muy lejos de las demandas quirúrgicas de una máquina de Espresso. Y cuando haya terminado, tendré el café en una esfera de cristal caliente con mi moscatel y comenzaré a notar que mi cabeza, su musculatura y la vida misma están siendo rescatadas.

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