Quiero ser un buen padre

Regalar los mejores bienes, o inscribirlo en los mejores lugares de enseñanza; la crianza de los hijos va más allá de todos los consentimientos. No son más que una capa de la personalidad en gestación, un instante en la gran historia que se escribe. En la mente de cada niño y niña crecen silenciosamente expectativas y perspectivas que cada vez se vuelve más complejo y explícito. Todo parece marchar bien pero al momento de que las exigencias del ya adolescente se vuelven mayores salen a la luz todos los temores y diferencias con las “nuevas generaciones”, que en si no son más que una respuesta en vida de las generaciones pasadas y sus expectativas.

Los mayores tratan de adaptarse y seguir el ritmo de los tiempos que corren; satisfacen aquellas necesidades adquiridas en un intento casi inerte de demostrar atención. Todo tiende a la desesperación cuando las nuevas tecnologías generan nuevos canales de información, que transmiten ideas y experiencias sin control; imágenes perturbadoras que abruman las mentes supuestamente inocentes. Es entonces, tras el fastidio del reto ante lo equivocado, cuando prosigue el castigo que debe ser coherente al acto. Intentos de remediar un error, donde en realidad hay sólo ignorancia. No debería extrañar cuando se recurren a los golpes como medida inmediata de corrección. No digo que sea erróneo tal método, es correcto que las experiencias que un padre puede enseñar está el dolor físico – de forma moderada -, sin embargo el método empleado de manera reiterada conlleva una cicatriz emocional que no sana, que produce más adelante rencores en situaciones sensibles para ambas partes.

Sea cual sea la situación de conflicto, es importante saber reaccionar tanto a corto como a largo plazo. Imposible de evitar son los impulsos que producen reacciones erróneas, pero en la calma y la reflexión es correcto mostrarse ante la persona y asumir el error; los padres no son supehérores o supervillanos, son simples mortales que sólo han visto algo diferente al resto, por lo mismo no se debe menospreciar las palabras de sea quien sea, ya que diversas perspectivas muestran diversas formas de entender, sentir y ver el mundo.

Hay una gran diferencia que marca el contraste de ser “buen” o “mal” padre: control y comprensión. Los hijos son una suerte de propiedad de sus progenitores, por lo que el dominio de ellos es casi absoluto – si no fuese por el libre albedrío, seríamos maquinaciones de generaciones -. La capacidad de los padres de analizar las situaciones, ponerlas en un verdadero contexto y entregar una solución empática sería un ideal para la crianza, pero el problema es que el contexto en que se ponen los problemas suelen ser de antaño, de generaciones que aún no disfrutaban del impacto de las nuevas tecnologías, y que los encuentros con otras perspectivas no se realizaban a través de medios frontales y casi instantáneos. Sin embargo, tales transformaciones en la cultura no implica el hecho de que sigamos siendo humanos y que pensemos, sintamos y tomemos decisiones – aunque ello no implica que vayamos siendo cada vez más individuos.

Si se desprecian las ambiciones y potencialidades de los hijos, se reprime un rencor que madura y genera distancia. La falta de identidad que esto provoca a largo plazo es que se creen tensiones y tendencias a conductas “incorrectas”, que genera un círculo vicioso entre error y castigo, sin llegar a una verdadera solución. Y si se lleva más allá, se desprecia la confianza y se hace dominio del albedrío, lo que genera finalmente rebeldía o depresión. Todos tenemos un potencial, pero el descubrirlo depende del tiempo y la libertad (no confundir con libertinaje).

Sentir los cambios y que las necesidades no han cambiado, que un niño quiere jugar, que el adolescente busca una identidad, que el joven quiere disfrutar. Recordar las otrora ambiciones nuestras y de nuestros amigos y como querían cambiar el mundo con una hoja de papel; el fin es el mismo, los medios cambian. Enseñar que no se puede tener todo, pero que si se propone, podría alcanzarse. Que los errores no son por hacer algo incorrecto, sino porque los actos han dañado a alguien, y mostrar el daño y enseñar a como remediarlo. No dejar que los problemas creen más problemas, sino soluciones. A veces demora tiempo, a veces se aprende en el momento. Y que cada día nos enseñe como el mundo ha ido cambiando y que realmente hemos aprendido de nuestros errores, no para que los otros no los cometan, sino para evitar las causas y mostrar una mejor solución. El tiempo pasa tan rápido como para ser un simple personaje, por lo que es mejor ser una compañía para nuestros futuros hijos.

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