El día en que recuperé la vocación de enseñar

Es un día sábado como cualquier otro. Suena aquella alarma con una melodía agradable que lastimósamente te recuerda que debes despojarte de aquellas ropas que resguardan tu descanso nocturno. Caminas al baño a medio despertar y te duchas. Al término de ésta te espera el pocillo de azúcar y el tarro de café al ritmo de una tetera que silba avisando que podrás hacerte ese café instantáneo que un tanto amargo terminas agradeciendo a la mitad de la mañana.

Mientras el café desprende su vapor a mi izquierda, en la pantalla de mi computador una presentación de Powerpoint algo improvisada, el día anterior había sido difícil, hubo mucho que hacer. Con la presentación lista y los ojos más abiertos, preparo los pendrives con los archivos que más tarde serán mi ocupación. Y así, en cosas de minutos con mi mochila con un gran peso y mi vestimenta semiformal me dirigí a la puerta principal de mi casa para darle una vuelta con mi llave y salir al mundo a tomar la locomoción colectiva.

En aquel viaje muchas cosas pasaron por mi mente… aquellas ayudantías que siempre me dejan cansado, intentando darme el ánimo para continuar enseñando a un grupo que a veces es muy difícil de manejar, pensaba en todo lo que podría costarme mantener el control de la situación, estaba preocupado por la gente, tenía en mi mente la idea del caos, ¿Con qué personas me iba a enfrentar?

Era una situación difícil. Eran niños que jamás en mi vida había visto. Pero el hecho de nunca haberlos visto me motivaba. No sabía a lo que me enfrentaba. Iba a la vida. Tenía que ser yo.

Y así entre tanto pensamiento me encuentro frente a la puerta del aula que se me ha designado para impartir la clase. Una impecable sala con veinticuatro computadores disponibles. Llego temprano y enciendo el televisor. Allí una mujer me convencía de comprar un departamento en un barrio emergente de las afueras de Santiago mientras uno por uno, los computadores me regalaban una lucecita verde y un sonido que mi mente sabe que dice “estoy bien”. Había enfermos. Había que recuperarlos. Ahora el televisor hablaba de las problemáticas de los barrios vulnerables de Pudahuel y Estación Central. Veinte, veintiuno, veintidós… hay dos que no funcionan. Pero hay repuestos. Sin que quede evidencia tomo el monitor que falla y lo reemplazo por uno bueno. Cambio el cable de video del computador que decidió no darme el color rojo. Y estaban los veinticuatro funcionando. Uno por uno pasaban mis pendrives copiando los programas. Veintidós, veintitrés, veinticuatro. Estaban todosp.

Llega un colega y me pide un pendrive. Celosamente meto mi mano en el bolsillo y le confío uno. Empezamos a trabajar. Y en eso los niños comienzan a llegar. Sólo hombres. Mi mente pensó que esto sería como lidiar con mis viejos compañeros de la educación media de aquel gran liceo de hombres. De pronto llegan unas niñas. Las cosas comenzaban a ponerse interesantes cuando los niños preguntaban cosas. La clase comienza.

Algo nervioso y tambaleante impongo mi voz para explicar qué es lo que haremos. Los niños escuchan. Todos somos uno. Ellos son mi equipo. Yo los guío a ganar. Ganamos todos juntos.

Así fue el primer bloque de la clase. La parte más complicada del taller. Me habían dicho que tendría que estar hasta las 11:30 en la universidad. Luego me avisan que existe un segundo bloque. Y conversando con mis colegas quedo en hacer la primera parte de la clase en el segundo bloque. Había comenzado al revés, ¡bien por ellos! la clase será divertida. Voy por mi desayuno.

Con un poco de placer en forma de café capuccino con vainilla en mi mano izquierda y un pan en la derecha voy a mi laboratorio. Sorpresa, los computadores habían sido apagados y todo el progreso perdido. Lástima, hay que comenzar de nuevo.

Voy a buscar mis pendrives a la sala de abajo y uno a uno de nuevo en todos los computadores he de instalar los programas junto a mi grupo de trabajo. Mis alumnos de sábado. Mis pequeños colegas. Y así poco a poco vamos avanzado. Poco a poco vamos entendiendo, poco a poco logramos cosas, poco a poco vamos ganando.

Repito muchas veces la página “ganador” en la clase. Porque de verdad siento que ellos son ganadores. Porque ganan conocimiento. Ganan esperanza. Y yo también gano con su triunfo. Porque el triunfo de ellos es un triunfo único. Todos ganamos. Estoy en una clase de ganadores. Todos somos ganadores dentro de aquellas paredes.

Y la clase está a punto de terminar. Los niños están contentos de ver su progreso reflejado en la pantalla. Están contentos de que pudieron hacer un trabajo que no es exactamente igual al de su compañero de al lado. En su trabajo hay cosecha propia. Sus triunfos tienen identidad. Sus triunfos dicen Carlos, dicen Andrés, dicen Ruti.

Y yo estoy lleno de energía. Todos estamos contentos. Todos hemos triunfado. Ese desánimo con el que había llegado a sentarme al laboratorio era historia. Todos éramos uno. El que ganaba antes ayudaba a ganar al de al lado.

De pronto, ocurre algo que me cambia completamente el switch. Un chico se acerca a mí tímidamente y me dice: “Profe, ¿hará clases la próxima semana?” De pronto, recordé aquellos meses donde mi objetivo era hacer clases, y había cambiado mis aspiraciones por un trabajo de oficina. Seguir haciendo cosas, pero no tener gente a cargo. Ahí me di cuenta que los niños realmente estaban contentos con la clase. Realmente estaban ganando. Ellos eran los campeones. Mis campeones…

Muchas veces he puesto en duda mi futuro. Actualmente trabajo y pensaba que quizás ganar buen dinero era mi horizonte, mi destino. Pensaba en aquella ayudantía por la cual me pagan bien, a costo de quedar completamente cansado. Pero ahora pensaba en esos niños que habían puesto toda su concentración en mí. Pero era más que su concentración. Sentí que pusieron su confianza en mí. Nada de lo malo importaba. Sólo me importaba el cariño que sentía de los niños cuando les pregunté si les había gustado la clase y recibí un “sí” unánime y ensordecedor. Sentía el cariño en los niños cuando me daban las gracias y me decían que ojalá hiciera más clases. Sentí un compromiso con ellos. Y ahí me di cuenta que esta historia no terminará en esa clase. Y tampoco terminará cuando estemos en junio y ellos finalicen sus talleres de sábado. Y tampoco terminará cuando yo obtenga mi título. Comprendí que la docencia es mucho más que hacer clases. Es mucho más que hablar tras un pizarrón y un proyector frente a un grupo de gente. Es entregarle parte de ti. Es hacerlos ganar. Es hacer que su triunfo te haga un ganador. Es formar ganadores. Es darles esperanza. Es enseñarles que la clase es mucho más que el profesor que te “vomita” la materia. Es esa sensación indescriptible cuando sientes las muestras de cariño…

…y yo no quería ir hoy a la universidad. Qué gran error estaba cometiendo. Habría perdido sentirme pleno como profesional. Habría perdido sentir cariño…

…habría perdido el rumbo de mi vida.

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